En este espacio, semanas atrás, sosteníamos que “sin bioeconomía no hay paraíso”, destacando el potencial efecto positivo sobre las inversiones y el empleo derivado de la “industrialización integral” de nuestra biomasa como materia prima para alimentos, energías renovables y nuevos materiales.
Argumentamos que la convergencia entre la biotecnología moderna y la inteligencia artificial están modelando un paradigma productivo inédito, propenso al cuidado ambiental, que revaloriza el rol de los recursos naturales renovables como base productiva no solo de alimentos sino también de energía y materiales; adicionamos su capacidad de reordenar las actividades económica en el territorio. Es un proceso en marcha avalado por múltiples iniciativas nacionales y regionales.
La actual guerra en el Oriente Medio viene a profundizar estas tendencias, ya que afecta a los fundamentos de las estrategias productivas: se disputa las fuentes de energía, los territorios agrícolas y los liderazgos tecnológicos. Termine como termine el conflicto, llevara tiempo para que las variables críticas -básicamente los precios del petróleo y del gas- vuelvan, si alguna vez lo hacen, a sus niveles previos.
Probablemente estamos frente al impulso que la bioeconomía ha estado esperando para juntar lógica ambiental y estratégica, con viabilidad económica, y consolidar procesos que ya están en marcha en distintos países.
La Bioeconomía como modelo de desarrollo es crucial como hoja de ruta para hallar nuevas respuestas; las bioenergías aparecen como garantes de estabilidad y abastecimiento (alternativo o complementarios a los fósiles según cada país); materiales producidos a partir de monómeros y polímeros derivados de la naturaleza (la química verde) están en las gateras (los avances convergentes entre biotecnología e inteligencia artificial “catalizan” el proceso).
El agro deja de ser una práctica ancestral y comienza a definirse como la futurista gestión eficiente de la fotosíntesis para producir biomasa, usando, curiosamente, idénticos equipos -por caso los drones- que en la guerra. En ese planteo, nuevamente, cobran relevancia las dotaciones naturales -tierra cultivables, agua y clima benignos y biodiversidad-, el control de las genéticas, los desarrollos previos en materia biológica y, la localización geográfica en función de su capacidad fotosintética..
Todo parece indicar que -para bien o mal – está en marcha la construcción de un nuevo orden mundial; y en este marco la Argentina, como otros muchos países, se ve ante la imperiosa necesidad de replantear su estructura productiva. Cambia de manera radical la forma de producir y el posicionamiento competitivo de algunas cadenas de valor, y se abren posibilidades concretas de liderar el desarrollo de otras. Usamos un tono potencial, tratando de convencer de las virtudes de una visión de desarrollo, que en los últimos treinta años se ha consolidado en el mundo, como alternativa inevitable al uso masivo de energías fósiles y materiales inertes.
La guerra, si algo tiene de positivo, opera a modo de catalizador del proceso, abriendo una ventana temporal de reacomodamiento en la escena mundial.
Argentina está en condiciones de efectuar saltos cuantitativos en el escenario global en ciernes: es un contribuyente estratégico en materia de seguridad energética y alimentaria; cuenta con una oferta segura, consistente y voluminosa de petróleo y gas para la transición energética.
Hace unos días, recorriendo Expoagro, esquivando drones -de usos pacíficos o admirando las consolas de cosechadoras y tractores- uno siente que la sociedad local cuenta con acervos tecnológicos y empresariales en materia bioeconómica, goza de una ventajosa localización, calidad de tierras y climas y, fundamentalmente, es un territorio de paz. Cualquier prospectiva, indica que ello no solo modera los posibles impactos de las tensiones bélica, sino que abre solidas expectativas de mercado.
En la nueva arquitectura productiva global las oportunidades están mucho más allá de los sectores tradicionales; radican en la explotación de nuevas plataformas productivas. Las experiencias de China, USA, Brasil y otros países en materia de plásticos degradables; insumos sanitarios bio-basados, combustibles de segunda generación son evidencias claras del sendero de desarrollo sostenible derivados de la industrialización eficiente e integral de la biomasa.
Fuente: Clarin Rural