Agricultura

Cosechar en el mar para mejorar los cultivos en la tierra: se realizó la primera recolección de macroalgas en la Patagonia

Periodista reportando noticias

En el mar de la Patagonia, a más de mil kilómetros de la zona núcleo agrícola, se concretó en los últimos días una cosecha que podría marcar un punto de inflexión para la producción agropecuaria argentina. Un grupo de voluntarios de una ONG llevó adelante la primera recolección de macroalgas Macrocystis pyrifera, un recurso con potencial para reducir costos en bioestimulantes, mejorar la resiliencia de los cultivos ante la variabilidad climática y mejorar los rindes agrícolas.

“En Argentina tenemos el 30% de los bosques de macroalgas del mundo, y están bastante prístinos. Se encendió una alarma cuando empezaron a aparecer empresas interesadas en extraerlos, cuando en el mundo no se hace así sino que se producen en granjas”, explica Maia Gutiérrez, fundadora —junto a su hermana Lara Gutiérrez y Martina Saso— de la fundación Por el Mar, una organización dedicada a la conservación marina.

La ONG trabaja en distintas iniciativas en Santa Cruz, Río Negro y Tierra del Fuego. Entre sus primeras acciones estuvo la realización de expediciones científicas en Península Mitre, una zona remota del sur fueguino, donde ahora impulsan la creación de un área protegida. En paralelo, en Puerto San Julián, un sitio de enorme valor histórico y natural de Santa Cruz, desarrollan un innovador proyecto acuícola basado en el cultivo de bosques de macroalgas, con el objetivo de generar empleo local y agregar valor sin comprometer el ecosistema.

Los extractos de estas algas funcionan como bioestimulantes naturales ricos en fitohormonas —como auxinas y citoquininas—, además de nutrientes y antioxidantes.

“Faltaba una mirada más productiva en la conservación del mar”, señala Gutiérrez. Al describir el rol ecológico de estas algas, traza un paralelismo con los arrecifes de coral, aunque aclara que, a diferencia de estos, las algas no son de agua cálida sino más bien frías. Macrocystis pyrifera es uno de los organismos de crecimiento más rápido del planeta: puede expandirse hasta 16 centímetros por día y superar los 40 metros de longitud. En ese tránsito captura carbono, reduce la erosión costera y crea hábitats para una gran diversidad de especies, muchas de ellas de interés comercial, detalla.

En términos industriales, uno de los derivados más conocidos es el ácido algínico, utilizado como espesante y emulsionante en alimentos como helados, salsas, postres y productos infantiles. También puede emplearse en la producción de bioetanol, ya que cerca del 50% de su peso seco está compuesto por azúcares.

Sin embargo, en esta etapa el foco está puesto en su aplicación agrícola. Según investigaciones recientes, los extractos de estas algas funcionan como bioestimulantes naturales ricos en fitohormonas —como auxinas y citoquininas—, además de nutrientes y antioxidantes. Su uso mejora la germinación, el crecimiento y la tolerancia de los cultivos a condiciones de estrés abiótico, como frío o sequía. También contribuyen a mejorar la estructura del suelo y a fortalecer los mecanismos de defensa de las plantas. Actualmente, el único proveedor de estos insumos en Argentina es una empresa canadiense.

El potencial también se extiende a la producción ganadera. “Se puede aplicar sobre pasturas: mejora la digestión y reduce las emisiones de metano del ganado”, afirma Gutiérrez, en referencia a estudios liderados por el investigador argentino Pablo Gregoriano en Nueva Zelanda.

El desarrollo del proyecto cuenta con el acompañamiento de la ONG estadounidense GreenWave, fundada por pescadores de Connecticut con amplia experiencia en el cultivo de algas. El primer paso fue la instalación de un laboratorio, con tecnología y esporas provistas por una firma holandesa. “El material genético se extrae del mar y se induce a esporular. Luego, en un hatchery con condiciones controladas de temperatura y salinidad, las esporas crecen durante unos 45 días. Después se fijan en líneas que se trasladan al mar”, describe Gutiérrez.

La instalación no presentó mayores dificultades: la región cuenta con buzos técnicos experimentados, en gran parte vinculados a la industria petrolera. Las líneas se anclan al lecho marino y permiten que el alga crezca hacia la superficie, con rendimientos cercanos a dos toneladas por línea.

Milagros Schiebelbeim, bióloga Responsable del Laboratorio y el "hatchery", junto a parte del equipo de Por el mar, en plena cosecha.

Según explica Mateo Pey, flamante project manager del proyecto, el trabajo se organizó en dos líneas de cultivo de 50 metros cada una, con distintos tiempos de desarrollo: una con 140 días y otra con 250. “El rinde promedio fue de alrededor de diez kilos por metro, aunque es relativo por las diferencias de ciclos”, señaló. Ese rendimiento, agregó, permite proyectar un objetivo de producción de diez toneladas hacia fin de año en una nueva granja.

Este primer ciclo tuvo un fuerte componente experimental, orientado a determinar el momento óptimo de cosecha. “Estamos descubriendo cuál es el punto justo en el que el alga deja de crecer y la biomasa se estabiliza”, indicó Pey, al explicar que las distintas fechas de siembra buscaron precisamente comparar comportamientos. El objetivo es ajustar el proceso productivo para maximizar el rendimiento sin perder calidad, en un cultivo que todavía se encuentra en etapa de desarrollo en el país.

Aunque existen cosechadoras automáticas, por ahora la recolección es manual y se realiza aprovechando las bajantes de marea. Las algas se trasladan luego a una planta acondicionada donde se procesa el material. El equipo trabaja con un proceso de hidrólisis alcalina para obtener extractos ricos en compuestos bioactivos. “La idea es lograr biodisponibilidad de fito-hormonas, aminoácidos y otros nutrientes que mejoran la resiliencia de los cultivos frente al estrés climático”, detalló Pey. A partir de unos mil kilos de alga, estiman producir cerca de 600 litros de extracto, con un rendimiento cercano al 80%, destinado a la elaboración de bioestimulantes agrícolas.

En una planta costera donde antes se acondicionaba pescado, ahora se procesan las algas.

El procesamiento se realiza en un establecimiento costero reacondicionado, donde también se ensayan métodos de secado y congelado para preservar las propiedades del alga. Parte de la producción será enviada al INTA Santa Cruz para evaluar su uso en la alimentación ovina.

A mediano plazo, el objetivo es escalar el proyecto: en dos años, buscan alcanzar una hectárea de cultivo y producir unas 100 toneladas, volumen que permitiría lograr rentabilidad.

“Cuando logremos escalar la granja y consolidar la cadena de valor, la idea es transferir el modelo a familias de la zona. Es una iniciativa que surge de la propia comunidad de San Julián”, destaca Gutiérrez.

Fuente: Clarin Rural

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