Agricultura

Hagan juego, señores ganaderos

Periodista reportando noticias

Estuve leyendo el artículo de Jorge Castro donde analiza la noticia de la negociación con la República Popular China para consolidar una cuota de exportación de más de 500 mil toneladas de carne vacuna para la Argentina, con un arancel del 12,5%. De tal manera, se disipa el temor de un aumento drástico en los derechos de importación del principal cliente, que viene absorbiendo el 70% de los embarques argentinos.

Esta noticia, junto al imperdible análisis de Jorge Castro, me refresca la memoria de un momento crucial, que viví en vivo y en directo. Fue en 1998, cuando el hoy columnista de Clarín Rural era Secretario de Estrategia del gobierno de Carlos Menem, y me invitó a un viaje exploratorio a la República Popular, que en aquel momento no compraba prácticamente nada de alimentos en ninguna parte del mundo.

En la Argentina se acababa de liberar la soja resistente al glifosato. Todos sabíamos que esa decisión iba a derivar en un fuerte aumento de la producción de soja, pero también de maíz y otros granos ya que permitiría avanzar con la siembra directa, ocupando más superficie y con mejores rindes. Es que se vivía un aluvión tecnológico, estimulado por el abaratamiento relativo de los insumos, con un dólar único y la apertura económica garantizada por la convertibilidad.

El problema era a quién le íbamos a vender ese aluvión inexorable. El mundo estaba mejor para los commodities agrícolas, tras el cierre en 1994 de la Ronda Uruguay del Gatt y el nacimiento de la Organización Mundial del Comercio (WTO en sus siglas en inglés). Sin embargo, pesaban sobre el mercado internacional dos fantasmas: los excedentes agrícolas y el proteccionismo de las grandes potencias, con enormes subsidios a su producción interna y el vuelco de los excedentes al mercado internacional, también con subsidios.

La esperanza era China. Con una población de más de 1200 millones de habitantes, el crecimiento demográfico es había detenido, fruto del férreo control de la natalidad. Pero lo que no se podía sofrenar era el fenómeno de la “transición dietética”, muy bien descripto en los años previos por el analista norteamericano Lester Brown, titular del World Watch Institute de Nueva York.

Sostenía Brown que las sociedades que se desarrollan y mejoran como consecuencia su ingreso per cápita, no comen más sino que comen distinto. La característica central es pasar de una dieta basada en féculas y granos de consumo directo, a incorporar de manera creciente las proteínas animales en todas sus variantes. Esto implicaba un crecimiento exponencial de la demanda de carnes de todo tipo.

“Who will feed China?”, se preguntaba Brown, lo que le granjeó la antipatía de las autoridades chinas. Lo consideraban un desestabilizador y sus textos estaban prohíbidos. Pero tenía razón y el boom de las proteínas ya había comenzado. Empezaron por la producción interna de cerdos, pollos y peces, no solo pescando en todo el mundo sino desarrollando un increíble boom con la acuacultura.

En 1998, China producía 15 millones de toneladas de soja, y las destinaba al consumo humano directo. Pero si expandían su producción interna de cerdos, pollos y peces, necesitarían cantidades inimaginables de harina de soja. Y aceite para freírlos. Lo charlamos con las máximas autoridades chinas. No prometieron nada: “nos vamos a autoabastecer”.

Jorge Castro dudó. Fue cuando dijo “la realidad siempre se subleva”. La vio. Al año siguiente, compraron una pequeña cantidad de soja. Dijeron que habían tenido una caída en la producción. Pero en el 2000 ya importaban 5 millones de toneladas, y diez años después habían llegado a las 100 millones, absorbiendo todo el crecimiento de los principales productores: Estados Unidos, Brasil y la Argentina. Una verdadera aspiradora, abasteciendo su imponente expansión en particular en porcinos. Tanto, que hacia el 2010 se compraron la mayor empresa de cerdos del mundo, la estadounidense Smithfield en una operación que tuvo que ser refrendada por el Congreso en Washington.

En este contexto, era inexorable otra transición: la irrupción de la demanda de carne vacuna, el top de gama en el mundo de las proteínas y otros aspiracional de las sociedades que mejoran sus ingresos. Desarrollaron su propio sector de bovinos, al que ahora pretenden proteger, pero si algo quieren las autoridades chinas es que se sostenga una oferta abundante de toda clase de alimentos.

Con la consolidación de esta cuota de medio millón de toneladas con bajo arancel, se allana el camino. La noticia se suma a la decisión del gobierno de Donald Trump de ampliar la cuota de importación también con bajos aranceles, que pasaría de 20 mil a 80 mil toneladas.

Esto le quita algo de relevancia a otro anuncio de importancia, como el trabajoso acuerdo Unión Europea-Mercosur, que se selló esta misma semana. Una cascada de buenas noticias para el negocio más emblemático de la historia argentina.

Fuente: Clarin Rural

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