La guerra en Medio Oriente pone a prueba las bases sobre las que se asienta la geopolítica global. Desconocemos cuándo y cómo terminará el conflicto. Sin embargo, entre las disputas que emergen, los cambios en curso llevan a la seguridad alimentaria a un lugar protagónico.
Dado que el Golfo Pérsico es el corazón petrolero del mundo y por el estrecho de Ormuz pasa el 20% del crudo que se comercializa en el planeta, a nadie debe sorprender que el precio de esta materia prima haya aumentado drásticamente.
El conflicto está generando también disrupciones en los precios de los fertilizantes, la logística y las cadenas de suministros agrícolas, dado que un tercio del comercio mundial de nitrógeno, fósforo y potasio transita por ese corredor marítimo.
La dependencia de los fertilizantes -especialmente nitrogenados- es alta y estructural en los países del Mercosur, convirtiéndose en un factor que condiciona nuevos avances en materia de productividad agrícola.
Aunque hay algunos impactos iniciales en los precios agrícolas son todavía moderados y volátiles, indicando que los mercados reaccionan más ante las expectativas de riesgo, en vista que no se percibe una escasez física manifiesta.
Si esta situación persiste, pueden darse las condiciones para un shock inflacionario por el encarecimiento del petróleo, el aumento del precio de insumos críticos y las dificultades sobre la logística marítima.
Así como el petróleo fue el actor principal de la geopolítica del siglo XX, asistimos a una transición en la que cobra cada vez más fuerza relativa la geopolítica de los alimentos. El petróleo no perdió centralidad, pero los alimentos se están convirtiendo también en un recurso estratégico de poder. El crecimiento poblacional, el cambio en las dietas y la mayor variabilidad climática, ayudan a entender el protagonismo progresivo de la agricultura en la agenda mundial.
La nueva geopolítica de los alimentos reconoce tres polos territoriales para observar mejor y de un modo prospectivo la dinámica de la seguridad alimentaria mundial.
El polo de Asia como centro de la demanda de alimentos y que concentra el 50% de la población mundial y el 65-70% de las importaciones mundiales de granos para alimentación animal. África como epicentro de la expansión de la frontera agrícola mundial que dispone del 60% de las tierras cultivables no explotadas del planeta. Las Américas como el polo proveedor mundial de alimentos, donde Estados Unidos, Brasil, Argentina y Canadá son verdaderas potencias agrícolas.
La nueva frontera tecnológica representada principalmente por IA, biotecnología, digitalización y bioeconomía no reemplaza esa configuración: la reorganiza y la acelera. En otras palabras, la tecnología determinará las relaciones entre los tres polos y los ganadores dentro de cada uno de ellos.
Haciéndonos eco de renombrados futurólogos, los cambios tecnológicos en la agricultura durante los próximos 25 años, serán más profundos que los ocurridos en los anteriores 10.000 años.
La seguridad alimentaria del siglo XXI no solo depende de tierra y clima, sino de la capacidad de combinar recursos naturales con tecnología agrícola avanzada. En ese sentido, la competencia geopolítica ya no solo será por alimentos sino por la tecnología que los produce.
Las Américas puede ser mucho más que el granero del mundo. Debe ser el laboratorio de la agricultura del futuro, consolidándose como un actor central para la transformación de los sistemas agroalimentarios globales.
La disyuntiva para países como Argentina parece ser liderar el cambio o contemplarlo desde afuera.
Fuente: Clarin Rural