Agricultura

Un importante semillero asegura que el reconocimiento de la propiedad intelectual no genera costos adicionales para los productores

Periodista reportando noticias

El gerente general de Stine Semillas para Argentina, Manuel Rosasco, sostuvo que la adhesión del país al convenio internacional UPOV 91, que establece un marco de reconocimiento y protección de la propiedad intelectual más moderno en eventos biotecnológicos vegetales, no implicará un costo adicional para los productores, al mismo tiempo que impulsaría la inversión e investigación para el desarrollo de nuevas variedades.

“Hoy está el tema de UPOV 91, que ya quiso salir por decreto. Sabemos muy bien que eso a nivel industria, y no solamente de soja, sino de cualquier especie que se autofecunde, Argentina lo necesita y no es para el semillero, es para toda la industria”, dijo Rosasco a Clarín, en el marco de una recorrida por su campo experimental “El Campito”, en Venado Tuerto.

Para Rosasco, un marco regulatorio que permita una mayor protección para la propiedad intelectual permitiría que “jugadores que hoy no están en Argentina puedan invertir en el país y poder tener competencia”.

Manuel Rosasco, gerente general de Stine.

El tema de la protección de la propiedad intelectual en semillas está en debate en Argentina hace muchos años. El gobierno de Javier Milei, a principios de su mandato, buscó adherir a UPOV 91 a través de un decreto y después mediante su inclusión en la “Ley Bases”, sin éxito. Ahora, con el acuerdo comercial firmado con Estados Unidos establece que el país deberá adherir a este convenio, modificando su Ley de Semillas, con un plazo que no puede extenderse más allá del 2027.

Los detractores de este marco regulatorio aseguran que su implementación limitará el uso propio de semillas y que podría encarecer el negocio de los agricultores, mientras que desde la industria afirman que es necesaria su adopción para impulsar inversiones y mayores investigaciones para el desarrollo de nuevas variedades que potencien el rendimiento de los cultivos.

“En ningún punto es un gasto más”, afirmó Rosasco, y agregó: “No sé de dónde salió, cómo se compone la teoría para fundamentar tan gran mentira. Hoy el rubro semillero tuvo que salir a crear un sistema como Sembrá Evolución para poder mantener una inversión mínima en el mejoramiento genético en soja y en trigo. UPOV 91 no le agrega algo distinto. De hecho lo que hace es fortalecer al Inase y proteger la propiedad intelectual como corresponde. O sea, no le agrega en ningún momento un proceso más”.

En soja, Stine proyecta realizar esta campaña 130.000 cruzamientos, con el objetivo de generar unas 10.000 nuevas combinaciones genéticas por año y un volumen cercano a 180.000 variedades sembradas entre Venado Tuerto y Tucumán.

“No le acrediten al agro un quilombo que viene del sector público. Sabemos muy bien que todo esto arrancó y se sigue hablando de la carga impositiva y de las retenciones. Hay que acompañar al productor en sacarle la pata que hoy lo está presionando en cuanto a rendimiento de su manejo. ¿Cómo vas a echarle la culpa a un valor que le da un aporte en cuanto a rendimiento para el productor? Eso se tiene que entender: todo lo que se hace acá es para el productor, para que puedan mejorar su rendimiento y manejo. No hay otro fin”, concluyó.

La “cocina” del rinde

El campo experimental “El Campito” de Stine Argentina funciona como una usina de investigación y nuevos desarrollos de variedades de soja y maíz, en conexión con toda la red de la firma a nivel mundial.

Allí, durante este verano, la compañía llevó a cabo una nueva edición del Safari Stine, una serie de visitas que durante dos semanas convocó a más de 400 productores, asesores y distribuidores de todo el país.

“El secreto de Stine se encuentra en el ‘chasis’ de la genética, la que siempre se mantiene pura y convencional (no GMO). De hecho, es la empresa con el banco de germoplasma convencional más grande del mundo y el punto de partida de las semillas comerciales. Ahí se basa la capacidad de lanzar muy rápidamente variedades líderes en el mercado con la tecnología actual y con las futuras”, remarcaron desde la empresa.

En soja, la compañía proyecta realizar esta campaña 130.000 cruzamientos, con el objetivo de generar unas 10.000 nuevas combinaciones genéticas por año y un volumen cercano a 180.000 variedades sembradas entre Venado Tuerto y Tucumán.

En el campo experimental de Stine, la compañía está llevando adelante un programa de maíz -integrado por 75 personas-, que ya alcanzó más de 290.000 polinizaciones, trabajando sobre híbridos de todos los ciclos.

En paralelo, el programa de maíz -integrado por 75 personas- ya alcanzó más de 290.000 polinizaciones, trabajando sobre híbridos de todos los ciclos (“cortos, petisos y bestias”, según la denominación del equipo Stine). A esto se suma una red de más de 100.000 parcelas de evaluación en casi 40 localidades, donde se validan los avances en condiciones reales de producción.

Stine trabaja bajo un esquema global de investigación denominado “360”, que integra en red los programas de mejoramiento de la Argentina con los de Estados Unidos, Brasil y otros países estratégicos. Este sistema permite que las líneas desarrolladas en Venado Tuerto y Tucumán se evalúen en múltiples ambientes productivos y se retroalimenten con datos internacionales, fortaleciendo la capacidad de selección genética.

A ese circuito se suma un componente clave: la aceleración en Guyana, donde Stine realiza contraestación para acortar los ciclos de mejoramiento. Por la posición geográfica de ese país, a la altura de ecuador, es posible obtener dos generaciones por año, reduciendo tiempos entrecruzamiento, evaluación y lanzamiento comercial.

Para las próximas campañas, Stine prevé hacer dos nuevos lanzamientos: por el lado del maíz, la empresa avanza con híbridos hiperpetizos, materiales de baja estatura, los únicos en el país seleccionados sin incorporar genes de braquitismo que penalicen el rendimiento.

Fuente: Clarin Rural

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