Agricultura

Vinos de Catamarca: un "secreto" ancestral con el sol y la montaña de aliados

Periodista reportando noticias

El malbec, rojo y salvaje, como el atardecer que arde detrás de los cerros. O el torrontés, sutil y amable, como la vicuña que pasta en una aguada. Los vinos de Catamarca —tierra de los mil distintos tonos y toneles— seducen por su carácter y la diversidad que ofrecen a los sentidos. Siempre marcados por el sol que curte, el viento que talla y la montaña que mineraliza.

“Hay una Argentina menos transitada, pero no por eso menos rica, y Catamarca encabeza, por mucho, el ranking de las regiones más desconocidas del vino argentino”, sentencia Andrés Rosberg, ex presidente de la Asociación Internacional de Sommeliers. Y aunque posee 2.700 hectáreas de viñedos —más que provincias como Río Negro o Neuquén—, su producción sigue siendo una rareza en vinotecas y restaurantes.

Surcada por innumerables montañas, Catamarca está atravesada por un clima agreste con notable amplitud térmica: las diferencias entre el día y la noche pueden alcanzar los 20 °C. Sus suelos, pobres y pedregosos, con buen drenaje y escaso contenido de materia orgánica, configuran un escenario desafiante para el cultivo. Pero esa misma adversidad se transforma en virtud. “El aislamiento, los viñedos ancestrales, los paisajes vírgenes; esas condiciones restrictivas que limitan la producción pero concentran calidad”, enumera Rosberg, al explicar la singular riqueza enológica que guarda esta tierra.

Viñedos dispuestas en terrazas en la Finca El Symbol, a 1500 metros de altura, en Andalgalá

Los vinos catamarqueños expresan su diversidad bajo dos fuerzas que lo dominan todo: el sol y la montaña. Sus viñedos trepan desde los 800 hasta los 3.000 metros sobre el nivel del mar (m s.n.m), más por mandato de la geografía que por estrategia enológica. Y no es casual: Catamarca alberga al menos 15 montañas que superan los 6.000 metros, la mayor concentración de cumbres y volcanes del mundo fuera del Himalaya.

En esta provincia andina cada región vitivinícola lleva el sello de una montaña: Tinogasta y Fiambalá miran al Piscis (6.793 m s.n.m) y al Ojos del Salado (6.893 m); Santa María y Andalgalá se recuestan sobre el cordón del Aconquija (5.550 m); mientras que el valle de Pomán se cautiva ante la Sierra del Ambato (4.550 m). Estas alturas, que se alzan como murallas frente a los vientos húmedos del este, crean microclimas únicos donde prospera una viticultura de bajos rendimientos, resiliente, pero capaz de dar vinos de taninos firmes, con buena acidez y una calidad excepcional.

Carlos Arizu, de bodega Cabernet de los Andes.

Así lo intuyó Carlos Arizu a fines de los 90, considerado un patriarca de la nueva vitivinicultura catamarqueña. Primo de Alberto Arizu padre (Luigi Bosca) y heredero de una de las dinastías más reconocidas del vino argentino, se formó en la Universidad de Columbia (Nueva York). De regreso al país soñaba con recuperar la marca familiar vendida en los años 70, pero el destino lo llevó más lejos: a Fiambalá, una tierra azotada por el Zonda donde las viñas brotan de los médanos. Allí, en una década marcada por el dólar barato y la escasa inversión productiva, se animó a comprar una finca a la familia Graffigna, fundó la bodega Cabernet de los Andes y apostó por una profunda reconversión varietal, con cepas como Malbec, Cabernet Sauvignon y Syrah, adaptadas a la altura extrema.

“Queríamos hacer vinos de 1.500 metros para arriba. Tenemos uvas a 1.900 metros, en un valle llamado Pueblito, y de ahí pueden salir vinos que están entre los cinco o seis mejores de Argentina”, dice Arizu, en un video presentado durante el evento Vinos y Negocios, en el Hotel Hilton de Buenos Aires. Y agrega: “En Catamarca tenés tres factores increíbles: los valles de mucha altura, el desierto y suelos volcánicos, que aportan mineralización”.

Vinos de altura en acción

Oscar Andreatta, discípulo enológico de Arizu y parte de una familia con tradición centenaria en la vitivinicultura catamarqueña, se inspira en la visión de su mentor, pero apuesta a la innovación con sello propio. Hoy dirige la bodega Michango, cuyos viñedos se extienden en Siján, a los pies del imponente Cerro El Manchao (4.561 m).

Oscar Andreatta, dueño de la bodega Michango.

“La altitud, el sol intenso y la escasez de sombra hacen que la planta se vuelva resiliente y desarrolle frutos fuertes de piel gruesa —casi como una cáscara— que protegen sus semillas del sol. Estas características le aportan al vino estructura, cuerpo, fuerza y volumen en boca”, define Andreatta. Su propuesta de vinos es amplia y lograda: abarca tintos —con cepas como malbec, bonarda y syrah—, blancos — con torrontés y moscatel—, rosados y un espumante brut nature elaborado a partir de torrontés.

Como primer enólogo de Veralma —bodega ubicada en Tinogasta—, Juan Pablo Morales celebra la capacidad de la vid para adaptarse a las duras condiciones climáticas. “La insolación, sumada a la alta luminosidad, puede generar que la planta se inhiba. Las hojas más expuestas dejan de hacer fotosíntesis”, explica. En Catamarca, a diferencia de otras regiones donde se recurre al deshojado, se protege la uva con sombra natural del follaje, un detalle que da carácter y resiliencia a los vinos de altura.

Remontando hacia los Valles Calchaquíes, Santa María tiene profundas raíces vitivinícolas, aunque menos conocida que su vecina salteña, Cafayate. “De nuestros viñedos de Chañar Punco, ubicados a 2.100 metros de altura, obtenemos uvas que son muy apreciadas por las bodegas de todo el Valle”, afirma Juan Carlos Amado, joven viñatero que continúa el legado de sus ancestros mientras se adapta a un mercado más exigente. Malbec, cabernet sauvignon, syrah y torrontés son los principales varietales que produce y vende a bodegas como El Esteco, Etchart y Puesto del Marqués.

“Las condiciones económicas para producir vinos no son las mejores, hay una baja en el consumo y los precios están muy deprimidos, pero nosotros seguimos creyendo en esta actividad que amamos y que está en nuestra historia, como familia y como pueblo. Ojalá la situación cambie, porque el vino es la base de nuestra economía regional y parte importante de nuestra cultura”, remata.

A 140 kilómetros de Santa María, cruzando la Cuesta de Minas Capillitas —la más extensa de Sudamérica—, se llega a El Potrero de Santa Lucía (1.520 m s.n.m.), una pequeña población en el Valle de Andalgalá, a los pies del majestuoso cerro Aconquija. Allí se encuentra la bodega El Symbol, de Ciro Aguirre, médico y continuador de un antiguo linaje de productores de vino y aguardiente. “Cuando arrancamos con esta hermosa aventura, buscamos seguir el legado de mi bisabuelo: elaborar vinos elegantes y saludables, desde un terruño excepcional”, remarca.

Ciro Aguirre, dueño de la Bodega El Symbol, celebra la Fiesta del Vino Nuevo en la vendimia.

Sus vinos tintos, ya reconocidos en concursos nacionales como Caminos y Sabores, se destacan por su bajo tenor alcohólico —entre 12,8° y 13,5°— y su carácter amable. Cobijado por un clima más húmedo, uno de sus ejemplares más singulares surge de un promontorio de cenizas volcánicas, sobre el cual se plantaron las vides con gran esfuerzo. “Prácticamente toda la tabla periódica de elementos está presente en el suelo; llevó mucho tiempo para que las plantas se adapten. De allí nació ‘Cenizas’, un vino con carácter y decisión, altamente mineralizado y completamente diferente a otros tintos”, destaca Aguirre.

Desafíos de comercialización y posicionamiento

Rubén Dusso (hijo) integra el fideicomiso de Veralma, una iniciativa que desde 2005 impulsa un modelo de producción vitivinícola sustentable en el oeste catamarqueño. El proyecto combina viñedos, olivares y energía solar, reúne a más de 300 socios y busca articular producción, turismo y gastronomía como ejes del desarrollo territorial.

Para Dusso, los vinos de Catamarca se destacan por su intensidad, estructura y carácter. “La altitud, la radiación solar y los suelos volcánicos imprimen una personalidad única. No podemos competir en volumen, pero sí ofrecer algo genuino”, afirma.

Uno de los principales obstáculos sigue siendo el bajo nivel de reconocimiento. A diferencia de Mendoza o Salta, Catamarca aún no cuenta con una marca provincia consolidada. “La calidad está, pero faltan trazabilidad, marketing y estrategia comercial”, señala Dusso. En esa línea creó Terroir Andino: vinos y delicatesen, una marca paraguas para visibilizar a pequeños productores. “El vino es una experiencia: entra por la boca, pero también por los ojos y por su historia”, resume.

Desde una mirada estratégica, el consultor Mario Lanari coincide en que la riqueza natural es una ventaja clave, aunque insuficiente por sí sola. “Producir vino sigue siendo un emprendimiento atravesado por la lógica del negocio. El desafío es poner en valor esos recursos con criterios de competitividad”, advierte.

Lanari remarca la necesidad de invertir con precisión, ganar eficiencia en el uso del agua y la energía, integrar tecnología y construir una estructura logística y comercial capaz de llevar ese diferencial al mercado. “La singularidad de Catamarca tiene valor, pero hay que saber gestionarla y comunicarla”, sostiene, y concluye: “El futuro del vino catamarqueño depende de planificación, gestión y profesionalismo”.

Rubén Dusso, socio del fidesicomiso de Veralma

Dusso coincide, pero vuelve a poner el acento en la identidad. “Tal vez nuestros vinos sean mejores que los mendocinos… o no. Pero seguro serán distintos. Y eso también vale”, sentencia.

Fuente: Clarin Rural

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